El León de Damasco

El León de Damasco

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El sol poniente semejaba haber incendiado el Mediterráneo. Haradja hizo una minuciosa inspección por la galera, tal vez para no verse de nuevo con el bajá, a quien ya trasladaba en sus brazos Hamed. Miro por un instante el sol poniente, respiró profundamente la brisa salada y volvió a su puesto entre los dos palos de la nave, ordenando arrojar al mar el cadáver del capitán de armas damasceno.

Le llevaron el café en una vasija de oro, labrada a martillo, y un narguilé de tabaco rubio de Morea y con agua de rosas. En aquel tiempo las mujeres también fumaban. Haradja bebió el café mando encender la pipa y se puso a fumar plácidamente como si se encontrase en el cómodo diván de una de las confortables habitaciones de su castillo, en tanto que el cuerpo del torturado capitán se hundía en el agua con lúgubre sonido.

Cumplimentadas sus órdenes —la galeota rumbo a Hussif y la galera, en compañía de las otras cincuenta, hacia Candía—. Metiub se sentó en una culebrina, cerca de su señora, e inquirió:

—¿Piensas que te podrás vengar del León de Damasco y de la duquesa italiana? No será muy sencillo ni muy agradable penetrar en esa ciudad frente a la cual los nuestros están muriendo por millares hace años.

—¿Y para que necesitamos entrar?

—¿Confías en hacerlos salir a ellos?

—Claro.


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