El León de Damasco
El León de Damasco Pasado un momento surgió una joven, que salió de una de las torres, y penetró casi a la carrera en la terraza. Era muy hermosa y tendría unos veinte años; alta, esbelta, de ojos negrísimos que resaltaban bajo largas cejas bellamente delineadas, de boca pequeña con rojos labios semejantes a cerezas maduras, y cabello larguísimo y suelto, de color ala de cuervo. En su semblante, aunque con una perfección de rasgos casi griega, había cierta dureza y energía que denotaba al momento a la mujer turca, cruel siempre, en el fondo, por haberla acostumbrado a ello los sultanes de los siglos XV y XVI.
Al estilo de las mujeres notables turcas de aquel tiempo lucía elegantes calzones de seda blanca recamados en oro, amplios y acuchillados para que pudieran verse las piernas, jubón de verde seda orlado de plata y grandes perlas, de extraordinario valor, por botones. Su cintura la ceñía una ancha faja de rojo brocado, anudada por delante con un gran lazo que le alcanzaba casi hasta los pies, calzados con escarpines de punta torcida hacia arriba y de cuero carmesí con adornos de oro.
