El León de Damasco

El León de Damasco

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A diferencia de las demás damas, anhelosas de joyas —que los sultanes, por aquella época victoriosos de continuo, luego de haber entrado a saco en provincias y reinos distribuían a diestro y siniestro, con la generosidad propia de los grandes ladrones—, aquella muchacha no lucía ningún adorno de este tipo ni tan siquiera en las orejas, muñecas o cuello. Por el contrario, colgaba de su faja una cimitarra cuya empuñadura y vaina estaban adornadas con zafiros y esmeraldas.

—¿Qué le ocurre a mi capitán para gritar de esa manera? —preguntó al turco, que en el extremo de la terraza y con la mano sobre los ojos a modo de pantalla parecía contemplar alguna cosa de gran interés en lo más lejano del horizonte—. ¿Sabes que ya es hora del café?

—Mejor es el café que llega por el mar, señora. El bajá de Damasco ha caído finalmente en la trampa que le había preparado su tío el Gran Bajá.

El rostro de la joven manifestó una salvaje alegría y sus ojos lanzaron destellos.

—¿Lo supones así, Metiub?

—¿Acaso estoy ciego, por ventura? Alá no lo quiera. Fíjate allí: la galeota del bajá, que avanza lentamente. En su palo mayor ondea la bandera azul con los tres leones rampantes de Damasco. Fíjate, Haradja, fíjate.


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