El León de Damasco
El León de Damasco Sirvió, por tanto, en primer término, pilaf, es decir, el típico arroz turco o, para ser más exactos, persa; cabezas de carnero asadas, con judías verdes en salsa de ajo; missir, mazorcas de maíz, asadas, que se comen con sal; simit, que son tortas dulces escaldadas, y yogur, dátiles, higos secos, castañas pilongas y pasas de Chipre y Morea. También había jarritos de vidrio, llenos de loncum verde, rojo, azul, magnífica crema que solamente sirve para encolar espantosamente los intestinos, pero que, no obstante, los musulmanes tienen en gran estima, y especialmente acompañado de bureke, terribles empanadas rellenas de grasa y de un queso nauseabundo.
No había vinos. Sin embargo, toda la gente conocía que el bajá, si bien verdadero musulmán, bebía más vino de Chipre que agua. Por el contrario, se veían enormes jarras de cristal de Venecia llenas de agua dulce perfumada con naranjos y cedros del Líbano. Cuatro jenízaros muy leales vigilaban, situados en cada puerta, entre las dos escaleras que daban al castillo, con sus arcabuces dispuestos.
Se pusieron ante la mesa y comenzaron a comer en silencio, prestando atención al estampido de las culebrinas, que no cesaban de cañonear a Candía. La castellana casi no probó bocado, pero el bajá comió con magnífico apetito y se bebió una jarra completa de agua dulce.