El León de Damasco
El León de Damasco Al concluir, en lugar de narguilé, tomó un chibuqui, recipiente de barro cocido, lo llenó de tabaco, lo encendió y, colocándolo con toda comodidad en la silla, y luego de oír complacido por un instante el ininterrumpido retumbar de la artillería, contempló con fijeza a su sobrina.
—¿Y qué tienes decidido hacer —inquirió— con el bajá de Damasco y su nietecito?
—Pensaba preguntarte a ti sobre ello.
—¿A mí? Si me interrogases sobre cómo debería actuar para vencer a una flota superior a la mía, sería asunto diferente. Pero del niño y del viejo y, en especial, de tus planes particulares, no sé nada, sobrina.
—¿Cómo te las arreglarías tú, tío, para penetrar en Candía y enfrentarte al León de Damasco y su mujer?
—¿Penetrar en esa plaza que parece estar protegida por bastiones de acero y por hombres de hierro? ¿Quién osaría semejante empresa, mi apreciada sobrina?
—Es que allí se encuentra esa maldita duquesa cristiana: el capitán Tormenta.
El bajá fumó y permaneció silencioso. Tras haber lanzado cuatro o cinco bocanadas del humo de su chibuqui, recordó:
—¿Te acuerdas de qué manera conquistó el amor de su cristiana el León de Damasco?