El León de Damasco

El León de Damasco

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—En tal caso podemos asegurar que si los cristianos disponen de una magnífica espadachina que no siente temor a medir sus armas con ningún enemigo, también nosotros, los mahometanos, contamos con nuestra heroína, que eres tú, la hermosa sobrina del Gran Almirante.

Miró a su alrededor, después extrajo de una cesta oculta debajo de la mesa una botella de vino de Chipre, que destapó con toda limpieza de un tajo asestado con el yatagán que llevaba a la cintura, arma que le regaló Ibrahim y que había pertenecido a Mohamed II. Luego se llenó un vaso del aromático líquido.

—De haberlo catado el Profeta no hubiera prohibido a los creyentes beber vino. Esto es mejor que todas las aguas azucaradas y, en especial, si se bebe antes de iniciar un combate. ¡Infunde un valor!… ¿No deseas probarlo?

—Soy mujer, además de creyente.

—De todas maneras, no pienses que te sentaría mal un vasito de esto; posiblemente la vencerías… Bueno: brindo por la gloria de nuestra bandera.

Vació de una sentada el vaso, volvió a encender su chibuqui y continuó diciendo:

—¿De modo, sobrina, que pretendes desafiar a la cristiana?

—¿Desafiarla? ¡Matarla es lo que pretendo!


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