El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡No!… ¡Claro!… Lo que me sorprende es que esa mujer, ya que pudo huir por milagro de Famagusta, haya regresado a nuestras aguas y a meterse en una ratonera: a otra ciudad cercada por los nuestros. Es ir a buscar la muerte y obligar a buscarla también a Muley.

—El bajá me ha asegurado que tenían propiedades en Candía. Acaso se disponían a venderlas cuando los cogió desprevenidos el sitio.

—Es posible —convino el almirante, llenando de nuevo el vaso y bebiendo con premura para no ser observado—. No cabe duda de que ha sido el Profeta quien la ha hecho cruzarse en tu camino.

—Eso me parece, y me aprovecho de la oportunidad.

—Un poco tardía.

—¿Imaginas, tío, que no mandé sicarios a Venecia y Nápoles para asesinar a la cristiana que ocupó mi puesto al lado de Muley-el-Kadel, con el fin de hacer llorar de dolor al León de Damasco?

—¿Y qué es lo que han hecho esos haraganes?

—Unos fueron muertos; otros sintieron temor y escaparon, no sé si hacia Trípoli o Argel.

—¡Vaya gente valerosa que mandabas!

—El León de Damasco y el capitán Tormenta cortaban las alas en seguida a los aguiluchos que yo mandaba, quizá demasiado bien pagados.


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