El León de Damasco

El León de Damasco

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—Eso creo; en el castillo de Hussif no debe faltar el oro.

—Merced a ti, querido tío.

Alí hizo un gesto de indiferencia con los hombros. Después, entre chupada y chupada de chibuqui, dijo:

—Y si deseas más, pide. Yo no dispongo de más heredera que tú.

—No preciso nada más.

—De manera que piensas lanzar el reto mañana, ¿no?

—Sí, tío.

—Ten cuidado, no vayas a cometer una locura.

—No. Me considero capaz de acabar con la cristiana al primer asalto.

Por segunda vez el almirante hizo un movimiento con la cabeza.

—Ya que lo deseas, haré que mañana se interrumpa el cañoneo y mandaré un mensajero para que rete a la más valiente cristiana y al más esforzado guerrero, ya sea veneciano o turco renegado. De esta forma se darán cuenta el capitán Tormenta y el León de Damasco de que el desafío es para ellos.

—Y no abandonarán Candía. En ocasiones el vino de Chipre es malísimo consejero, tío.

—¡Por Alá! Acaso estés en lo cierto —admitió él, riendo.


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