El León de Damasco
El León de Damasco —Y Yussuf[1], ¿estará dispuesto a cesar el bombardeo?
—Yussuf hará lo que yo desee. ¡Pues no faltaba más!…
Bebió el tercer vaso de vino, terminó de fumar y, abandonando el chibuqui, agregó:
—Sobrina, tu camarote está preparado y puedes ir a dormir.
—¿Y tú?
—Un almirante no dispone de sus horas. Tiene que velar por la escuadra, que vale más, infinitamente más que los cien mil soldaditos que el sultán ha enviado al mando de Yussuf. Vete, sobrina.
La condujo galantemente por el brazo hasta la escalera, llamó a un negro y le ordenó:
—Este eunuco está a tu servicio; él te conducirá.
El cañoneo proseguÃa atronando el espacio. De la parte de tierra y desde el puerto se abatÃan los proyectiles sobre la población, que replicaba enérgicamente con sus culebrinas, rasgando con sus relámpagos las tinieblas nocturnas.