El León de Damasco

El León de Damasco

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Haradja obedeció. Se disponía a penetrar en el camarote donde se hallaba el hijo del León de Damasco, pero dos hercúleos negros, con las cimitarras desenvainadas, estaban de centinelas delante de la puerta con orden de no permitir la entrada a nadie. La castellana masculló algo entre sus dientes pequeños, blancos y agudos, y continuó hasta su habitación, que sin duda era el mejor camarote de la galera.

Alí permaneció bajo la tienda, contemplando los resplandores ocasionados por la artillería, e hizo un movimiento con la cabeza como si se hallase de mal humor. Dio cuatro o cinco bostezos y comentó para sí:

—¡Matar al capitán Tormenta!… Mi sobrina tiene que estar por fuerza cansada de las comodidades del castillo… En fin: ya que lo desea, que se haga… Estaría muy bien que una mahometana derrotara a la célebre cristiana… ¡Qué éxito para nosotros si la endiablada sobrina saliera vencedora!… Afirman que es muy hábil.

En aquel momento sus ojos se fijaron en Metiub, quien paseaba por el puente fumando un cigarrillo.

—¿Eres tú el capitán de armas del castillo de Hussif?

—Sí, bajá.


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