El León de Damasco

El León de Damasco

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El almirante le contempló fijamente, mirándole a la luz de uno de aquellos grandes faroles que llevaban por lo común las galeras y que en algunas ocasiones eran auténticas obras maestras.

«¡Buen mozo! —pensó—. Piernas fuertes, ágil aún, musculosos brazos, pecho de búfalo… ¿Podrá enfrentarse al León de Damasco?… ¡No sé, no sé! Creo que Haradja está loca».

Dio la vuelta en torno al capitán, que se hallaba en posición de firmes ante el Gran Almirante y le preguntó:

—¿Tú eres quien ha enseñado esgrima a mi sobrina?

—Sí, bajá.

—Aseguran que es muy hábil.

—Muy hábil.

—Pero ¿lo bastante para luchar con el capitán Tormenta, esa dama cristiana que tú conoces sobradamente, ya que te hirió?

Metiub se tornó lívido ante aquel recuerdo, tan afrentoso para él, y respondió:

—Así lo considero, ya que le he enseñado la estocada secreta con que me hirió la cristiana y que ningún turco hubiera sido capaz de detener. Esos cristianos son más hábiles que nosotros en esgrima. Su forma de batirse no es fácil de comprender en los primeros momentos del combate.


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