El León de Damasco
El León de Damasco Cruzó a galope desenfrenado el campo de los sitiadores, de una extensión de más de dos millas, y al alcanzar el límite se detuvo y movió por tres veces la bandera blanca, esperando respuesta de la plaza antes de seguir adelante. Pronto ondeó otra bandera blanca en el extremo de uno de los bastiones más salientes de Candía. Y a esta indicación el turco avanzó hasta el pie de la primera trinchera, en la que se habían congregado muchos venecianos y candiotas, anhelosos de averiguar qué mensaje mandaba el bajá.
—Si entre vosotros se encuentra alguna veneciana —gritó el mensajero— que sepa utilizar la espada igual que un guerrero, notificadle que una mujer mahometana de noble cuna reta a singular combate. Y si hay entre vosotros un hombre que sepa esgrimir la cimitarra, informadle que un capitán turco le desafía. Espero la contestación.
Se observó gran excitación entre los sitiadores en las trincheras, bastiones y torres. Pero fue inútil que el heraldo aguardara. Y, no obstante, esos singulares combates entre turcos y cristianos solían acontecer muy a menudo, incluso como remedio para romper la monotonía del cerco.