El León de Damasco
El León de Damasco Cierto es que la propuesta de combate entre dos mujeres debía de parecer algo rara a los sitiados, a pesar de que tuvieran noticia de que entre ellos se hallaba la duquesa de Éboli, célebre con el nombre de capitán Tormenta en el cerco de Famagusta.
En tres ocasiones el turco renovó el desafío, y siempre amparado por la bandera blanca retornó al campamento. Cinco minutos más tarde proseguía el bombardeo.
El Gran Bajá se encontraba en su galera junto a su sobrina, cubierta ya con una soberbia armadura de acero, tan bien fabricada que le permitía todo género de movimientos. Metiub estaba también armado.
Al oír el estampido de las culebrinas se dio cuenta, sin necesidad de ver llegar al heraldo, de que el duelo no había sido aceptado. Haradja tembló de ira y sus ojos despidieron rayos.
—No estáis de suerte —dijo al almirante.
—¿Se habrá vuelto cobarde la cristiana o tendrá debilitado el brazo? —exclamó la muchacha, rechinando los dientes.
—Haremos que la maten.
—¡Ah, sí! En cuanto vea a su hijo, no se obstinará en permanecer encerrada en Candía.
—Y menos aún el León.
—Y realizaremos el golpe.
—Poco a poco, sobrina. No seas impaciente y déjate guiar por mí, que tengo mayor experiencia y…