El León de Damasco
El León de Damasco —Pero ¿no te das cuenta de que estoy en ascuas, tÃo?
—Pues aún no ha pasado el fuego a la armadura.
—¡No se decide!…
—Se decidirá nada más al ver al niño.
—¿A quién? ¿Al niño? ¡Nunca!
Haradja hizo una muda pregunta con la mirada. El bajá agregó:
—Le colocaré en brazos de un jinete musulmán que montará un corcel árabe, el más soberbio que haya en nuestro campamento. Si pierdes, huirá a todo galope. Tú conoces como galopan esos hijos del desierto cuando van sobre sus caballos… Y, por otra parte, no pienso dejarte matar ni por la cristiana ni por su esposo.
—ExplÃcate.
—Mandaré practicar esta noche un foso lo bastante ancho para ocultar a diez caballeros, quienes, en el momento crÃtico, cubrirán tu retirada y la de tu capitán.
—Eso es una traición.
—Todo es lÃcito en la guerra. Que acudan a nuestro campamento los venecianos a protestar si son capaces. Desde luego que permitiré que combatáis con libertad hasta que uno de los dos caiga del caballo.
—Entonces…, ¿mañana?