El León de Damasco

El León de Damasco

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—Confío en que mañana podrás cruzar tus armas con las de tu enemiga. Ahora permite que me ocupe de este asedio de Candía, que no va a poder concluirse con la rapidez que imaginaba el sultán.

—¿Me permitís ir a ver al chiquillo?

—Interroga a los centinelas negros. Ya nos veremos a la hora de la comida.

La castellana de Hussif esperó a que se embarcara en una chalupa el bajá para marchar a tierra y se dirigió, acompañada por su capitán de armas, al camarote del hijo de Muley, delante del cual vigilaban dos negros, no menos gigantes que los del día anterior.

—Dejad paso. Soy la sobrina del bajá.

—No es posible, señora —repuso uno de los centinelas, levantando el arcabuz con ademán de amenaza.

—Ya te he dicho, miserable, que soy la sobrina del bajá.

—Aunque fueras la primera sultana. Aquí no se pasa.

—¿Y si el que viene conmigo fuese el sultán en persona?

—No pasaría tampoco.

—¿Entonces quién es el que puede entrar?

—El bajá.

—¿Y ninguna otra persona?

—Ninguna. Ni Alá siquiera.


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