El León de Damasco
El León de Damasco Haradja lanzó un grito de furia y volvióse hacia su capitán, indicándole:
—¡Pasemos a cuchillo a esos canallas!
Ya se disponía a desenvainar la cimitarra y a precipitarse contra los gigantescos negros, que apuntaban sus arcabuces, cuando Metiub la hizo detenerse, alegando:
—No te busques complicaciones con tu tío, de quien tanto precisas para llevar a cabo tu venganza.
—Es cierto —convino la joven, todavía encolerizada—. No obstante, el bajá no debiera tener aquí a estos necios, que no son capaces de razonar.
—Cumplimos con toda fidelidad las órdenes recibidas, señora.
—No existen en mi castillo servidores tan meticulosos.
—¿Y yo?
—Tú eres el único, Metiub.
Y se alejó maldiciendo contra Mahoma y Alá, en tanto que ambos negros cambiaban la mecha, que se estaba ya extinguiendo en sus arcabuces.