El León de Damasco
El León de Damasco EL DESAFÍO
En el instante en que el Heraldo lanzaba el reto ante los muros de Candía, se encontraban en el bastión, uno al lado del otro, como siempre, el León de Damasco y la duquesa de Éboli.
Era él un apuesto y altivo guerrero, de unos treinta años, más bien alto, de tez blanca, robusto y musculoso, con la barba castaña y el cabello de idéntico color, ojos vivos, ardientes, que denotaban el ardor y el arrojo del turco asiático, y facciones correctas y enérgicas.
Ella, bellísima, de bastante menos edad que su esposo, esbelta y graciosa, tenía los ojos negros como el azabache, boca adorable, adornada por una doble hilera de perlinos dientes y la tez morena corriente en las mujeres meridionales.
Los dos estaban vestidos con armadura de los pies a la cabeza y eran estas milanesas y magníficamente cinceladas, mostrando en sus almetes soberbias plumas de avestruz. Al escuchar el reto se miraron muy sorprendidos y no sin cierta inquietud.
—¡Llega a desafiar a una mujer cristiana! —exclamó la duquesa—. ¿Qué mujer? ¡Cómo no se refiera a mí!… ¿Entiendes esto, Muley?
Este no contestó inmediatamente, intentando ver si reconocía al mensajero, que lanzaba por segunda vez, y con fuerte tono, el reto. Luego adujo:
