El León de Damasco
El León de Damasco —¿Qué voy a decirte, Leonor? Me sorprende igual que a ti. Retar a una cristiana para batirse con una turca… Pero ¿cómo es posible que las mahometanas, acostumbradas a morar en harén, en medio del humo del narguilé y los perfumes embriagadores, se dediquen a las armas? No lo comprendo…, y, no obstante…, escúchalo. De nuevo lo dice por tercera vez: una dama cristiana contra una turca.
—¿De quién se tratará? —murmuró la mujer, alzándose el almete y empujando hacia adentro con la mano sus abundosos cabellos negros.
Su esposo la examinó con atención.
—Veo brillar, Leonor, en la negra noche de tus bellÃsimos ojos dos esplendorosas estrellas.
—¿Y qué ves en ellas?
—Veo que desearÃas enfrentarte a esa enigmática turca.
—Has acertado. ¿Y sabes por qué razón?
—¡Me lo imagino! No deseas que ninguna mujer pueda batirse contigo, pues fuiste capaz de desarmarme y herirme.
—SÃ, querido Muley; y además… —Porque me imagino que la mujer que me lanza el reto es Haradja.
—¿La despiadada sobrina de Alà Bajá? —inquirió él, con un estremecimiento.