El León de Damasco

El León de Damasco

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—Tu antigua novia, Muley. ¡Cualquiera puede saber si, de haberte casado con ella, no te hubiese transformado en azote y verdugo de los cristianos, a pesar de tus sentimientos nobles y caballerosos!

—Por fortuna tus ojos me salvaron a tiempo.

—Y de esta manera has seguido cada vez más noble.

—Tu amor, Leonor me ha dignificado y ennoblecido.

—¡Oh, Muley!…

Guardaron silencio. De improviso retumbaron las culebrinas de asediados y sitiadores, y luego de un rato el León de Damasco, tras secarse el sudor que perlaba su frente, musitó:

—Si en realidad fuese Haradja, no te impediría que lucharas junto a mí, puesto que al mismo tiempo desafían a un capitán que sepa usar la cimitarra.

—No lo sé. Aseguraban que era muy hábil. Su maestro fue ese Metiub que los marineros griegos de la galeota abandonaron medio muerto cuando os asediaba en aquella casa deshabitada en que os refugiasteis.

—Desde aquel tiempo han transcurrido cuatro años[3], Muley.

—¿Con eso quieres dar a entender que puede haber aprendido mucho?


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