El León de Damasco
El León de Damasco —Claro. ¡Oh! No me amedrenta enfrentarme a esa tigresa en celo. Su maestro, el capitán de armas, no valÃa ni un dedo de mi padre.
—¿Quién será el que desea luchar a su lado?
—Me lo imagino.
—Me es lo mismo. Con la cimitarra en la mano no siento temor ante ningún turco. Y mucho menos ahora que me has enseñado tantas extraordinarias estocadas, que no hay mahometano que conozca ni imagine siquiera.
—¿Estás entonces resuelto?
—Si es Haradja, sÃ. Por lo menos podremos vivir tranquilos. Los sicarios que pretendieron asesinarme en Venecia y Nápoles eran turcos vestidos de cristianos y únicamente la sobrina de Alà pudo enviarlos contra nosotros.
La duquesa se dirigió a la escalinata de piedra que llevaba hasta el centro del torreón y gritó:
—¡Mico! ¡Mico!
Al poco rato un hombre aparecÃa en la terraza. Era un albano alto y fornido, de unos cuarenta años y vestido con el tÃpico traje de aquellos montañeses.