El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay A mediodÃa, cuando el globo empezaba a descender, el maestro, que observaba por delante de él con profunda atención, columbró unas formas todavÃa no bien distintas, que corrÃan desordenadamente a través de la pradera, medio tapadas por las altas hierbas.
—¡Caray! —exclamó arrugando la frente—. ¿Son caballos salvajes que galopan o son indios? Cardoso, hijo mÃo, me parece que vamos a pasar un mal rato.
—¿Son indios? —preguntó el muchacho sin mostrar ninguna preocupación.
—Lo temo —respondió el maestro, que continuaba observando con viva atención.
—¿Qué recibimiento nos harán? ApostarÃa a que toman nuestro globo por la luna.
—Tengo mis dudas, hijo mÃo. Ya verás cómo nos dan caza y nos abrumarán a balazos y a bolas.
—¡Bah! Me rÃo yo de sus terribles bolas. TodavÃa estamos muy altos, marinero.
—Pero bajamos rápidamente.
—Desgraciadamente es verdad, pero todavÃa tenemos algo que tirar.
—¿Qué cosa? La barquilla está completamente vacÃa.
—Ya te lo diré cuando llegue el momento. ¡Por vida de mil millones de diablos! ¡Aquellos son hombres!
—¡Indios, Cardoso! ¿Están las armas preparadas?