El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Están cargadas y con buenos confites.
—Señor Calderón, tome usted las pistolas —dijo el maestro—. Nosotros haremos hablar a las carabinas.
El agente del gobierno, que no habÃa perdido una lÃnea de su calma habitual, tomó las armas, se aseguró de que estaban cargadas y se las puso en el cinto sin hablar palabra.
El globo, con un viento discreto, adelantaba hacia el Sur manteniéndose a una altura de ciento a ciento cincuenta metros, y en breve estuvo a poca distancia de los indios, que galopaban desordenadamente a través de la pradera volviendo la espalda a los aeronautas.
Eran cincuenta o sesenta, montados en aquellos rápidos caballos de la pradera que se llaman mustangs animales altos, robustos, de jarretes sólidos, capaces de correr treinta leguas al dÃa, contentándose con mÃa poca hierba y un sorbo de agua. Al maestro le bastó una mirada para identificar a aquellos hombres.
—¡Los pampas! —exclamó—. ¡Dios nos proteja!
En el mismo instante, entre los jinetes, se alzaran gritos de furor, y se detuvieron con las miradas fijas en el aeróstato, que volaba sobre sus cabezas. ParecÃan estupefactos; pero su estupor fue de breve duración, porque se lanzaron adelante, espoleando vigorosamente sus cabalgaduras y agitando frenéticamente las armas.