El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Buenas noches, señor —respondieron Diego y Cardoso.
—Si los señores quieren seguirme, tendré mucho gusto en ofrecerles mi cabaña y mi mesa —continuó el desconocido.
—No pedirÃamos nada mejor —respondió el maestro.
—Tengan la bondad de seguirme, entonces. Mi rancho no está más que a dos pasos de aquÃ.
Se colocó el trabuco en bandolera y abriendo la formidable navaja, se puso a cortar Las altas hierbas a diestra y siniestra para abrir paso a los dos marineros que se habÃan enredado entre ellas.
—Diego —murmuró Cardoso, que estaba en el colmo de la sorpresa—, ¿dónde hemos caÃdo?
—En medio de la pampa, hijo mÃo.
—Eso ya lo veo; pero nunca hubiera esperado bailar en medio de este horrible paÃs, infestado de feroces indios, personas tan educadas y corteses.
—¿Educadas?… ¡Hum!…
—¿Acaso será ese hombre un granuja?
—Mejor dirÃas un bribón.
—Eso sà que no lo dirÃa jamás.
—Si te hubieras encontrado otras veces en este paÃs no hablarÃas asÃ.