El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Se lo prometo, Diego.
—Si muriese, yo me quedarÃa sin cariño sobre la tierra.
—No se desespere usted, y a curarle, porque los minutos son preciosos.
Diego no se lo hizo repetir. Arrancó la hierba en un espacio de tres o cuatro metros, para que el fuego no se comunicase a la pradera causando una catástrofe, y puso a hervir el agua de la marmita. Apenas lo habÃa conseguido cuando Pedro volvÃa con el morral y la taza.
Ramón abrió el primero y sacó una raÃz negra de forma alargada que cortó por la mitad con su navaja. Hizo pedacitos una de las partes y la arrojó dentro de la marmita que ya bullÃa, y se puso a masticar vigorosamente la otra parte, reduciéndola a una especie de pasta.
—¿Qué es eso? —dijo Diego, que le observaba con viva ansiedad.
—Una raÃz, y nada más, pero que curará a ese muchacho —respondió el gaucho.
Cardos, que hasta entonces no habÃa dado señales de vida, en aquel momento abrÃa los ojos. El pobrecillo, pálido, decaÃdo, ya casi rÃgido por la muerte que avanzaba a grandes pasos, abrió con trabajo la boca y murmuró:
—¡Diego! ¡Diego!