El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Aquí estoy…, pequeño —respondió el maestro inclinándose sobre él.

—Estoy horriblemente… mal.

—Lo veo; pero Ramón te salvará.

El muchacho sonrió tristemente y movió la cabeza.

—Temo que sea demasiado tarde… —murmuró.

—No; te salvaremos; me lo ha jurado Ramón. y ese hombre no tiene traza de prometer y no cumplir.

—¡Oh!… Pero yo… no tengo miedo de morir…, lo que siento es… dejarte solo… aquí.

—¡Valiente marinero! —exclamó el maestro, cuyas mejillas regaban dos gruesas lágrimas, acaso las primeras que vertía en cuarenta años.

—Cálmate, Cardoso; soy contigo —dijo Ramón que había terminado de masticar la raíz. Puso al descubierto la pierna, sacó de la boca aquella especie de pasta que despedía fuerte olor a orina cargada de amoníaco, y la aplicó a la herida, vendándola con un pedazo de tela cortada de una corcanilla.

—Ahora beberás una tisana —dijo cuando hubo terminado— y en seguida te dormirás tranquilamente.

Tomó la marmita, vertió el contenido en la taza de plata y presentó el líquido al muchacho, el cual al notar el agudo olor amoniacal de los orines, torció la boca.


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