El tesoro del Presidente del Paraguay

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—¿Qué es eso? ¿Te vas a hacer ahora el melindroso? —preguntó Diego con dulce reproche—. Animo, pequeño mío; un marinero debe ser capaz de tragarse todo lo que se le presente.

—Es verdad… —murmuró Cardoso esforzándose en sonreír.

Acercó los labios a la taza y la vació de un trago. En el acto se desplomó sobre la hierba, como si hubiera sido fulminado por un rayo, con los puños apretados y los miembros rígidos, estirados.

—¡Ha muerto! —exclamó el maestre, mirando ferozmente a Ramón.

—No; es que se ha dormido de repente.

—¿Está usted seguro?

—Lo juro.

—¿Y cuándo se despertará?

—Mañana, y no se acordará de nada.

—¿Y se habrá curado?

—Sí; pero quedará muy débil y necesitará cuatro o cinco días para restablecerse completamente.

—¿Y vamos a seguir acampados aquí?

—No; sino que nos iremos esta noche misma… Hace dos horas he visto desfilar hacia el Norte unos caballos, y por el modo de marchar.

Lo comprendido que son caballos salvajes. Estoy seguro de no equivocarme; los indios han descubierto nuestro rastro y nos espían.


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