El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Les advierto que mi caballo no podrá correr pronto por el doble peso que lleva.
—Ramón —dijo Pedro—, ¿cuántos hombres crees que son?
—Lo menos cuarenta.
—¿No podrÃamos dividirlos? Tenemos nuestros trabucos. Diego tiene sus carabinas, y uno a uno podemos, si no destruirlos, reducirlos a un número tan exiguo que se les quiten las ganas de seguir persiguiéndonos.
—Tienes razón, hermano.
De este modo podrÃamos atraer hacia nosotros la persecución y acaso se salvarÃa el joven Cardoso.
—Gracias, Pedro —exclamó Diego vivamente emocionado—. ¡Y que digan luego que los gauchos no tienen corazón!
—Guarde usted en el bolsillo los cumplimientos —dijo el gaucho—. Ramón, yo parto el primero hacia el Este, y apenas los tenga a tiro, les descargaré toda la metralla de mi trabuco, y después apretaré las espuelas.
—Anda, hermano, y guárdate de las bolas.
—Tiraré el primero, te lo aseguro. ¿Y dónde nos volveremos a encontrar?
—Al otro lado del rÃo Negro. Galopa hacia el Este todo lo que puedas, después gira al Sur y atraviesa el rÃo.
—Está bien.