El tesoro del Presidente del Paraguay

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Durante más de media hora no ocurrió nada extraordinario. Los fugitivos, espoleando sin crear, consiguieron conservar la distancia y hasta ganar algunos centenares de metros sobre los perseguidores; pero bien pronto las cesas cambiaron en su desventaja.

Mientras pasaban por un trozo de terreno obstruido por matorrales de luma, de cuya fruta sacan, los indios un óptimo vino, y de auges, árboles sagrados para los araucanos y de cuya corteza se obtiene una especie de canela, vieron alzarse diez o doce jinetes puestos allí en emboscada o que acaso se habían parado para que descansasen los caballos durante la persecución del globo.

—¡Caramba! —exclamó Ramón, retirándose apresuradamente hacia los compañeros que se habían en seguida parado con el dedo en el gatillo de sus anuas de fuego—. ¡Se nos echa encima toda esa gente!

—A los que no les costará trabajo alcanzarnos —dijo Pedro—. Sus cabrios deben estar descansados y galopan, más que los nuestros, que comienzan ya a dar señales de cansancio.

—¿Se ve ya el río? —preguntó Diego.

—No; pero no debe estar lejos —respondió Ramón—. ¡Ah, si pudiésemos interponer el río entre esos canallas y nosotros!

—¿Y qué haremos?

—Continuar huyendo, por ahora.


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