El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Una palabra todavía. ¿Dónde han ido a parar los cuatro individuos que nos atacaron? Yo no veo por tierra más que los dos caballos.

—¡Bah! Aunque a pie, corren como ciervos; los dos que han derribado ustedes deben estar ya muy lejos y en cuanto a los otros me parece que los veo salir al encuentro de la cuadrilla que nos persigue. De todos modos carguen ustedes las armas y estén preparados a todo.

—Está bien.

—¡Adelante!

Ramón soltó el caballo salvaje que llevaba de mano y que le servía más de estorbo que de utilidad, montó en el otro y se puso a la cabeza del pequeño grupo dirigiéndose al Sur, seguro de encontrar pronto el río Negro. Diego, después de sujetarse bien a su pecho a Cardoso por medio de un sólido lazo, para tener las manos libres, y de cargar la carabina, se puso detrás, mientras Pedro se ponía en la retaguardia.

Los indios estaban ya a medio kilómetro y espoleaban los caballos lanzando siempre agudos gritos. Sabiendo, sin duda, que delante tenían más jinetes, se habían ensanchado en semicírculo para coger, en medio todo. Algunos de ellos, sin embargo, corrían hacia el Oeste detrás del globo que continuaba arrastrándose por la pradera, dando de vez en cuando gigantescos saltos para volver a caer y otra vez subir.


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