El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Como ese hombre no dista más ele cuatrocientos, podría usted probar.
—Pues, en seguida está hedió.
El maestro paró su caballo, acomodó a Cardoso en la montura, soltó del arzón una de las carabinas y apuntó al indio con gran cuidado. Medio minuto después, retumbaba en la pradera una aguda detonación. El indio, tocado por la bala del marinero, se desplomó sobro el cuello de su caballo y en seguida cayó pesadamente al suela, quedando allí inmóvil.
—¡Buen tiro! —exclamó Ramón.
—El confite ha sido un poco duro —dijo el maestro riendo—. ¿Debo mandar otro al caballo?
—Es inútil, Diego; ahorre usted las municiones, que son muy necesarias en este país.
—Entre Cardos o y yo tenemos mi millar de tiros.
—Pero Chile está muy lejos, ¡al galope!
En aquel momento un relámpago brillé del lado del Este seguida de una fragorosa detonación.
—Pedro también regala confites —dijo el maestro.
—Y de los que pinchan —dijo Ramón—. Son buenas postas que se hunden en la piel de los patagones. Espoleemos y esperemos engañar a esos granujas que nos persiguen.
—¡Alto!
—¿Qué pasa ahora?