El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El gigante indio salió del matorral, seguido a breve distancia del agente del gobierno que no había perdido pizca de su acostumbrada calma, aunque su situación pudiese de un momento a otro hacerse peligrosa, y se encaminaron hacia el campamento, mientras los guerreros que no se habían lanzado tras el globo, lo precedían, dando gritos ensordecedores y volteando en señal do júbilo las lanzas y las bolas.
Las mujeres y los chicos do la tribu que habían asistido a la aparatosa caída del supuesto hijo de la luna, salieron todos al encuentro del cortejo, aullando y danzando, pero el jefe con un ademán enérgico intimó a todos al silencio y condujo al huésped a una vasta tienda que era la más hermosa de todas las plantadas en el campamento.
El señor Calderón, que ahora parecía tranquilizado respecto a su suerte, le siguió sin chistar, limitándose por el pronto a observar con atención al jefe indio y a todos los que le rodeaban.
Cuando se vio bajo la tienda en presencia únicamente del jefe indio, una ligera palidez se extendió por su rostro ya bastante pálido y frunció el ceño.
—Jefe —dijo bruscamente—, ¿qué quieres de mí? ¿Cuáles son tus intenciones?
El indio le miró con sorpresa, como si no comprendiese el sentido de aquellas interrogaciones, y después contestó: