El tesoro del Presidente del Paraguay

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Todo el mobiliario consistía en algunos cojines deslucidos, algunas mantas araucanas, unos cuantos ponchos, un asador, un caldero de hierro y varias conchas de armadillo[12] que servían de recipientes.

—¡Por Baco! —murmuró el señor Calderón—. No me faltaba más que esta aventura. ¡Heme aquí convertido en hijo de la luna! ¡Si al menos me dejasen, estos salvajes estúpidos, ir en busca de los dos malditos marineros! ¡Oh! ¡Pero el tesoro no se perderá!

Se sentó en un montón de mantas y pareció sumergirse en profunda meditación.

La reaparición del jefe le sacó bruscamente de sus reflexiones.

—¡Aquí estoy, hijo de la luna! —dijo el jefe, entrando—. Hauka te trae víveres excelentes.

—¿Eres tu quien usa ese nombre?

—Tú lo has dicho.

Tomó de las manos de un indio un voluminoso saco y lo vació ante el señor Calderón. Contenía gran cantidad de verduras, raíces, bulbos, patatas silvestres, una especie de espinacas y pedazos de goma de la bolax glebaria a la cual son muy aficionados los patagones y que se dice que conserva los dientes blancos.


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