El tesoro del Presidente del Paraguay

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—El gilwum lanza balas y llamas —dijo—. Los hijos de la luna no lo necesitan en mi campamento.

—¡Que el diablo te lleve! —gruñó el maestro, que lo había entendido—; pero si puedo robarte nuestros gilwums como tú los llamas en tu bárbara lengua, ya te haré yo ver cómo las gastan los hijos de la luna.

—Marchemos —dijo el jefe.

La cabalgata se puso en movimiento, seguida por todas las mujeres y todos los chicos que habían acudido a ver comer vivos a los marineros, a los cuales ahora profesaban profundo respeto que no estaba exento de misterioso terror. Los hijos de la luna caminaban en libertad en medio de un espacio suficiente para no ser atropellados por los caballos, pero completamente rodeados, para impedirles cualquier tentativa de fuga; precaución por otra, parte, absolutamente superfina porque, por el momento, la fuga hubiera sido infructuosa.

Llegados al campamento, los patagones formaron en torno de los prisioneros un vasto círculo, y el jefe se adelantó solo hasta los hijos de la luna, los cuales no sabiendo ele qué se trataba, comenzaron a intranquilizarse.

—Que los poderosos hijos del cielo se acuesten —dijo, dirigiéndose a Cardoso y al maestro.

—¿Por qué? ¡Oh, jefe! —preguntó el lobo de mar.


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