El tesoro del Presidente del Paraguay

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Los ojos de la fiera se clavaron en el mozuelo que se había puesto palidísimo, sí, pero que no había retrocedido ni un paso. Parecía como si la fiera se sorprendiese de encontrarse ante un cazador tan pequeño, y contrariamente a sus costumbres, en lugar de lanzarse sobre él se detuvo clavando sus poderosas garras en el suelo.

—Calma y buena puntería —murmuró el muchacho.

Se echó la carabina a la cara mientras frío sudor le bañaba la frente, apuntó cuidadosamente y salió el tiro.

El jaguar lanzó un rugido de dolor, pero no cayó; la bala le había solamente fracturado una paletilla. Retrocedió dos pasos como para tomar más impulso, se recogió después, y se estiró bruscamente, arrojándose de un salto a través del espacio descubierto.

Cardoso, pálido, aterrorizado, inerme, dio un grito de espanto, cortado en su mitad.

—¡Auxilio, Diego!…

Un tiro de carabina respondió a aquella apelación desesperada. El jaguar, herido en la caía, cayó con la cabeza hacia adelante, pataleó furiosamente, y luego quedó inmóvil.

Casi, al mismo tiempo se oyó una voz tranquila que exclamó:

—¡Buen tiro!


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