El tesoro del Presidente del Paraguay

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El maestro penetró resueltamente entre la maleza seguido por el marinerillo, que se volvía con frecuencia por miedo de ser atacado por la espalda. Recorridos unos quince pasos, se encontraron en un pequeño claro, circundado por pequeñas manchas de huignal.

No se oía ningún ruido ni se veía moverse las ramas. Sin embargo, el jaguar no debía de estar lejos, porque el aire estaba impregnado de fuerte olor de fiera.

—Párale aquí, hijo mío —dijo ej maestro—. Yo voy a ojear los matorrales, pero no te perderé de vista.

—Ve con Dios, marinero —respondió Cardoso que procuraba mostrarse tranquilo.

Abrió bien las piernas, enristró la carabina para estar dispuesto a encarársela y esperó con bastante sangre fría la aparición del jaguar.

Diego se ocultó entre la maleza sin alejarse de la clara, resuelto a hacer salir al carnívoro que debía haberse emboscado en los alrededores.

Pasaron dos minutos, largos como dos siglos para el muchacho, que por primera vez en su vida se sentía invadido de vivo terror.

De repente, el ramaje de un arbusto se abrió lentamente y un bellísimo animal de piel amarillenta punteada de negro apareció lanzando un fuerte maullido, que podía calificarse de sordo rugido.


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