El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Cortó una tira de piel, trenzando con dÃa una especie de lazo, ató a la fiera por el cuello y probó a tirar.
—Es un poco pesado, pero ya verás —dijo—. Vamos, muchacho, porque tengo un hambre atroz.
Se enlazaron los dos a la cuerda, y reuniendo sus fuerzas, arrastraron al animal a través de la selva. Después de varias paradas para dar descanso a sus pies que a causa de la incisión hecha en ellos se les habÃan hinchado hasta manar sangre, llegaron a la pradera, donde se detuvieron de común acuerdo, presas de viva inquietud.
A un centenar de pasos del lindero del bosque, una cincuentena, de jinetes parecÃan esperarles. Todos iban armados con lanzas, bolas, lazos y cuchillos de todas formas y dimensiones y pintados de blanco desde la cintura hasta el cuello. A poca distancia, delante de ellos estaba el caudillo Hauka, también pintado de blanco y con una gran pluma clavada en el pañuelo blanco que le ceñÃa la frente.
—¡Por mil demonios! —exclamó el maestro—. ¡Los paganos con la pintura de guerra! ¿Qué quiere decir esto?
—¡Eh, marinero! —exclamó Cardoso—. ¿Pensarán jugarnos alguna mala pasada?
—No puedo decÃrtelo. ¿Ves al señor Calderón?