El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El felino muerto por el marinero, era un soberbio ejemplar, porque se acercaba a los dos metros. Las dos balas le habÃan estropeado mucho porque la de Cardoso le habÃa roto la paletilla izquierda y el segundo balazo le habÃa destrozado el cráneo, poniendo al descubierto gran parte de la caja ósea. La muerte, después del segundo tiro, debió ser instantánea.
—¡Por cien mil diablos! —exclamó el digno lobo de mar que giraba y regiraba en tomo del cadáver—. He aquà un buen tiro y a tiempo; un momento de retraso, y tú, mi pobre muchacho, estabas despachado.
—Te juro que las he pasado negras, marinero —dijo Cardoso, que aún no se bahÃa repuesto de la emoción—. Se dice que una bala puede matar a un elefante; pero te confieso que he pasado miedo.
—¡Bah! Has sido demasiado valiente, hijo mÃo. He conocido hombres dos veces más fuertes que tú y que temblaban delante de un jaguar, hasta el punto de no poder levantar el fusil.
—Dime, marinero, ¿será éste el que se comió al patagoncito?
—No puedo decÃrtelo, pero sea éste u otro, para nosotros es lo mismo. Lo llevaremos al campamento y le diremos al jefe que lo hemos matado cuando estaba regodeándose con su vÃctima.
—¿Volvemos ya?
—Espera, un momento.