El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Allà está montado en su caballo —respondió el maestro, que le habÃa seguido—. Yo creo que no está muy malo porque su rostro no aparece alterado.
—¿Cómo estarnos de salud, señor agente? —preguntó Cardoso—. ¿También a usted le han caÃdo rayos?
—No —respondió secamente Calderón.
—¡Afortunado hechicero! —exclamó el maestro con ironÃa—. Hasta posee poder para paralizar las descargas de los gimnotos.
El agente dirigió al marinero una mirada torva, pero no contestó, y se acercó a Hauka que estaba discutiendo acaloradamente con algunos guerreros.
—¡Qué mirada tan fea! —exclamó el maestro riendo—. Parece que no está muy contento con el alto cargo que le han conferido.
—Ten cuidado, no te vaya a jugar alguna mala partida.
—¡Bah! Mientras tengamos los millones no se atreverá a levantar un dedo contra nosotros, y, además, sabe bien que sin nuestra ayuda no podrá escapar a las uñas del jefe.
—Pero tú crees…
Cardoso se habÃa interrumpido bruscamente. Una detonación se habÃa oÃdo inesperadamente hacia el Norte, detrás de una gran mancha de algarrobos que se extendÃa a lo largo de la orilla izquierda del rÃo.