El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Un instante después un hombre montado ion rápido corcel atravesaba el campamento como una centella disparando al aire un tiro de trabuco, y en seguida desaparecÃa también en dirección Este. Cardoso y Diego, que durante el asalto de los toros le habÃan buscado sin cesar con la vista, imaginándose que aquel hombre debÃa ser el que habÃa disparado cerca del rÃo Negro, le reconocieron al resplandor del fogonazo.
—¡Ramón! —exclamaron a la par.
Pero el gaucho, porque, efectivamente, era él el que seguÃa a la piara, habÃa ya desaparecido entre las tinieblas, llevado por su caballo.
—Hay que contestar a su señal —exclamó el maestro—, y acaso nos oirá.
Apuntaron al aire con sus carabinas e hicieron fuego. Pocos instantes después hacia el Este brilló en débil relámpago, seguido de una detonación.
—¡Nos ha contestado! —exclamó Cardoso enloquecido de alegrÃa.
—Calla, o nos perdemos, hijo mÃo —dijo el maestro, que no estaba menos emocionado—. Si estos paganos se dan cuenta de algo nos liarán pedazos.
—¿No has visto a su hermano?
—No; iba él solo.
—¿Le habrán matado?
—Es probable.