El tesoro del Presidente del Paraguay

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—¿También vosotros sois mujerucas? ¿Dónde está vuestro poderío? ¿Será necesario que os haga comer vivos por los mondongueros del Colorado o por los jaguares de la pradera?

—Basta, jefe, no te sulfures tanto —dijo Cardoso, que ya no le temía desde que estaba en posesión de su carabina—. ¿Acaso tú no te has atrincherado detrás de los caballos mientras los toros los sacrificaban?

—También nosotros apreciamos nuestra piel, amigo Hauka —añadió Diego.

—¡Basta! —tronó el jefe.

—Será mejor para ti —replicó el maestro, que no se sentía menos fuerte que Cardoso, especialmente ahora que sabía que contaba con un buen amigo en la pradera.

Los patagones supervivientes que habían ido retornando al campamento, ayudaron a sus compañeros heridos, y remataron a los caballos inservibles. Después, a una orden del jefe, ensillaron los caballos que habían quedado libres, que no superaban a una veintena.

Cardoso y el maestro, no sin asombro e inquietud, los vieron partir a casi todos hacia Este detrás del rastro de los toros y del gaucho. El jefe, el señor Calderón y todos los demás quedaron en el campamento que fue en seguida puesto en estado de defensa por medio de una estacada, formada con gruesas ramas de árboles.


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