El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —¡Truenos y relámpagos! —exclamó el maestro siguiendo con la vista a los jinetes que se alejaban a la carrera—. No me gustarÃa que esos bandidos sorprendieran a nuestro gaucho.
—¡Bah! Es un hombre que ya sabe lo que se hace —dijo Cardoso—. Ya supondrá que han de perseguirle y se pondrá en guardia.
—¡Con tal de que su caballo resista!
—Me acuerdo que era un animal bien corredor; rápido como el viento y de pisada segura.
—¡Oh! ¡Si nosotros hubiéramos ido con los perseguidores, ya les habrÃamos hecho una, jugarreta en cuanto hubiésemos estado A alcance de Ramón!
—¿Te hubieras escapado?
—Sin duda.
—¿Y no podrÃamos intentarlo ahora, marinero? Hay pocos hombres en el campamento.
—¿Y los caballos?
—Tenemos nuestros pies.
—Pies bastante maltratados, hijo mÃo, que se negarÃan a llevamos después de alguna legua. Cuando volviesen los jinetes, serÃamos de nuevo apresados, y quién sabe qué horribles tormentos nos esperarÃan.
—¿Qué hacemos entonces?
—Esperemos, por ahora.
—Entonces propongo renovar el sueño, ya que la noche está todavÃa oscura.