El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Durmamos, pues, Cardoso.

Buscaron unas mantas, envolviéndose en ellas cuidadosamente para resguardarse de la humedad del rocío que en aquellas vastas llanuras es abundante y, con frecuencia, causa de enfermedades, y sin ocuparse más de los patagones, entretenidos en despedazar los caballos, cuya carne desecada al sol debía luego convertirse en charqui, esperaron el regreso de los jinetes lanzados tras las huellas del gaucho.

Pasaron algunas horas sin que se oyera el menor mido sobre las praderas que las tinieblas cubrían. Se levantaron varias veces creyendo haber oído a distancia el trabuco del gaucho, tronando contra los patagones, pero la noche transcurrió sin ningún incidente más y sin detonaciones que denunciaran nada grave.

Por fin, cerca del alba, reaparecieron los guerreros que habían partido por la noche. La penetrante mirada del maestro se fijó en seguida en el grupo y no distinguió ningún extraño entre ellos.

—¡Gracias a Dios! —exclamó, respirando a pleno pulmón—. También esta vez los paganos se han quedado chasqueados.

—¿Dónde se habrá ocultado nuestro valiente amigo? —preguntó Cardoso.

—Habrá interpuesto buenas leguas entre su caballo y los de los perseguidores; pero estoy seguro de que volverá, lo presiento.


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