El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Diego, que no habÃa perdido ni una sÃlaba, se adelanto.
—Jefe —dijo—, ¿qué vas a hacer?
—Dar la batalla a los cristianos.
—¿Y nosotros, que debemos de hacer?
—Vendréis con nosotros y nos ayudaréis, pero te advierto que a la menor sospecha os haré quemar vivos a los tres.
—Gracias por el aviso, jefe —dijo el marinero.
Hauka, que parecÃa impaciente por echarse sobre los cristianos, seguro de encontrar un buen botÃn, hizo montar a caballo a sus hombres, recomendó a todos que envolviesen con mantas la cabeza de sus cabalgaduras para que no relinchasen, y en seguida entró en el agua. El paso del rÃo se operó en el más profundo silencio y con el mayor orden, gracias a la ausencia de caribes, de anguilas eléctricas y de caimanes, los tres azotes de los rÃos de América meridional. A las nueve la banda pisaba la orilla opuesta y se escondÃa entre los arbustos.
—¿No atacamos ahora? —preguntó Cardoso al ver que los patagones echaban pie a tierra.
—Los bandidos son astutos como jaguares —respondió el marinero, parodiando a los patagones—. Na atacarán a los argentinos hasta que sea de noche para sorprenderlos durante el sueño.