El tesoro del Presidente del Paraguay

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CAPÍTULO XXIV

EL CAMPAMENTO ARGENTINO

A la orden dada por el jefe, los patagones, que estaban impacientes por mover las manos, se levantaron como un solo hombre, teniendo en el puño la bola perdida, terrible arma en su poder, que puede luchar con ventaja, si la distancia es corta, con las balas de fusil.

Formadas dos columnas se pusieron silenciosamente en marcha, llevando de la brida a los caballos, no osando combatir a pie, separando con precaución las matas que obstruían el paso, y manteniéndose todo lo posible entre la espesa sombra de los árboles para no ser descubiertos por los centinelas del campamento.

Llegados al lindero del bosquecillo, se detuvieron dirigiendo sus miradas por la pradera. A trescientos metros, cuatro grandes carros cubiertos con amplios toldos blancos, estaban dispuestos en fila doble, con las ruedas en dirección al Sur y al Norte, para protegerse contra un posible ataque de los pampas o de los patagones.

En el centro, como verdaderos animales de buena raza, algunos caballos dormían en pie, y se veían echados en el suelo algunos caballos y no pocos borregos de aquella especie que da una lana tan preciada en los mercados argentinos.


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