El tesoro del Presidente del Paraguay

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La estancia donde iban a acogerse los fugitivos no difería mucho del tipo ordinario. Pero era más bien pequeña teniendo un recinto bastante limitado que contenía una sola cabaña, construida con adobes cocidos al sol, y estaba, en parte, derruida.

En sus alrededores no se veían más que montones de estiércol y algunas carroñas de ovejas, un carro que parecía haber resistido un furioso asalto a juzgar por sus tableros desquiciados y algunos cráneos de toros que debían haber servido de asientos a los puesteros.

Ningún alma viviente al exterior, ni en el interior, excepto algunos chimangos, aves amantes de la carroña, que estaban dormitando indolentemente sobre el tejado de la cabaña.

Ramón, después de haberse asegurado con una rápida ojeada dé que no había ningún indio escondido en el recinto, adelantó hasta la cabaña y luego echó pie a tierra, invitando a sus compañeros a imitarle.

Con la escopeta siempre en la mano, dio una vuelta alrededor de la barraca, con muchas precauciones, y luego entró con el arma preparada. Visto que el interior estaba completamente vacío, se tranquilizó, y volviéndose hacia sus compañeros, dijo:

—Estamos en nuestra casa.

—No había necesidad de tantas precauciones —dijo Cardoso—. ¿Quién iba a estar en esta choza?


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