El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Armadillos o, mejor dicho, fieras acorazadas —respondió el maestro—. Obsérvalos bien, hijo mío, porque vale la pena.

Cardoso se inclinó ligeramente y examinó aquellos extraños animales de los cuales había oído hablar vagamente. Eran tan pequeños como un zorro joven, armados con largas uñas y tenían el cuerpo defendido por anchas placas óseas, transversales a la dirección de los costados, gruesas y muy resistentes a juzgar por su aspecto. También la cabeza estaba defendida por una especie de visera, de gruesas escamas que debían ser a prueba de bala.

Enrollados fuertemente, con la cola bajo el vientre, no se movían y se presentaban ante el enemigo bajo la forma de una bola completamente defendida por las escamas.

—¡Qué animalitos más raros! —exclamó Cardoso—. ¿Qué harían dentro del buey?

—Comían su carne —respondió el maestro—. A los armadillos les gusta la carne corrompida, y cuando encuentran la carroña de un buey o de un caballo se meten dentro de ella y no dejan intactos más que la piel y los huesos.

—¿Y no los podríamos matar?

—Su coraza desafía los cuchillos y las hachas.

—¿Son buenos de comer?

—Pasan por excelentes.


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