El tesoro del Presidente del Paraguay

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El huracán los habla transportado al centro de una inmensa aglomeración de montañas y de extensas mesetas. A diestra y siniestra y especialmente hacia el Oeste sé extendían hasta perderse de vista una gran cadena de montañas, casi todas cubiertas de nieve en sus cimas, cortadas por una infinidad de vallecitos, donde crecían con profusión soberbios cipreses, cedros rojos, altísimos pinos, bellísimos pelines, de no menos de cien pies de altura, laureles de los llamados lemmo, que dan un fruto del cual se extrae una especie de manteca, y algunos pinos araucanos (pinus araucana llamado también pehven por los naturalistas), que se lanzaban a la atmósfera hasta treinta o Cuarenta metros, sacudiendo sus numerosos frutos, semejantes a nuestras castañas. Precipicios inmensos donde se oran mugir grandes torrentes, espantosas simas, senderillos apenas visibles, peñas cortadas a pico se veían por doquier, mientras en lontananza hacia el Este se vislumbraba una cinta negruzca que indicaba las grandes praderas, de Patagonia y de las pampas indianas.

—¿Dónde estamos? —preguntó Cardoso, que admiraba aquella enorme aglomeración de montañas.

—No es posible equivocarse —respondió el señor Calderón, que parecía contento de encontrarse allí—. Esta cadena se llama la Cordillera o si les parece a ustedes mejor, los Andes.


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