El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Se hicieron servir otro par de botellas, encendiendo sendos cigarros y se sentaron en la puerta, esperando pacientemente el retorno de Calderón; pero dieron en el reloj las dos, las cuatro y las seis sin que volviese. Ya comenzaban a preocuparse por aquella excesiva tardanza y se disponÃan a encaminarse a la ciudad, cuando vieron galopar hacia la hospederÃa a dos vigorosos caballos, enganchados a una especie de berlina.
—¿Será él? —preguntó el maestro, que no podÃa estar parado.
—Sà —respondió Cardoso, dando un grito de alegrÃa—. Le he distinguido sentado junto a la portezuela.
Efectivamente, momentos después, la berlina se detenÃa en la misma puerta de la posada y el señor Calderón se apeaba.
El maestro se lanzó a su encuentro.
—¿Qué hay? —preguntó.
—Partamos —respondió el agente.
—¿Ha visto usted al cónsul?
—SÃ, y nos espera.
—Vayamos, Cardoso.
Tomaron sitio en la berlina y los dos caballos, vigorosamente fustigados, a los pocos minutos entraban en Nueva Concepción.