El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El agente salió de la posada, hizo poner la montura nuevamente al caballo, saltó a la silla y partió rienda suelta hacia la ciudad que distaba apenas medio kilómetro.
Maese Diego, que le había seguido con la mirada, cuando le vio desaparecer por una puerta de la muralla, movió la cabeza repetidamente, murmurando:
—Cada vez me parece ese hombre más extraño e incomprensible.
—¿Todavía tienes recelos? —preguntó Cardoso.
—No sé qué decirte, hijo mío.
—¿Sospechas algo?
—Acaso.
—Sin embargo, el Presidente debe conocerle a fondo, marinero.
—Muchas veces también los grandes hombres se equivocan.
—¿Qué haremos?
—Le esperaremos.
—Sea, marinero.