El tesoro del Presidente del Paraguay

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El agente del gobierno, al verse entre sus antiguos compañeros, a los que había vilmente traicionado, y a los que creía prisioneros en la casa del cónsul argentino, se puso pálido como un cadáver e intentó por un esfuerzo desesperado sustraerse a la presión que le asfixiaba.

—¿Me conoces, traidor? —repitió el maestro con acento terrible.

—Perdón —balbuceó el agente.

—¡Tómalo!

La afilada navaja del maestro se hundió hasta la empuñadura en el corazón del señor Calderón, el cual se desplomó al suelo como herido por el rayo.

—¡Que así concluyan todos los traidores! —dijo el maestro.

—Huyamos, Diego —aconsejó Cardoso.

—Sí, huyamos y procuremos embarcamos esta misma noche en cualquier barco.

Volvieron a emprender la carrera hacia el Oeste, y saliendo de la ciudad se encaminaron a la bahía, en la cual se veían varios buques fondeados. Iban a dirigirse a la oficina de Sanidad para informarse de si había en el puerto alguna nave del Paraguay, cuando divisaron un hombre a caballo que trotaba hacia la población.

Una exclamación se escapó a ambos fugitivos:

—¡Ramón!


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